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| En el horizonte se divisaban las luces de la ciudad industrial, formaban un hermoso panorama, ignorado por los dos hombres que caminaban al centro de la calle, aparentemente entretenidos por las sombras que las luces urbanas alcanzaban a proyectar sobre la tierra. Al llegar al final de la calle, uno de los hombres se detuvo al notar la única marquesina encendida, decía: “Café La soledad”, él, Celestino, sugirió entrar para retrasar el inminente regreso a casa. |
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| El café le hacía honor a su nombre, un ambiente amarillo con aroma a café llenaba el establecimiento. Eran ancianos los que ocupaban tres mesas y se entretenían viendo la televisión encendida, colocada en una mesa más. Una joven era quien atendía, ella se acercó cuando Celestino y Tomás se sentaron en cualquier sitio. Ella los saludó llamándoles “chicos”, quizá por ser los rostros más jóvenes que había visto esa noche, pero después descubrieron que era el saludo habitual para todos los clientes; ambos pidieron café, la mirada de ambos siguió a la joven, que detrás del mostrador sirvió las bebidas y las trajo de vuelta sin más rodeos. Cuando finalmente se sintieron solos, Celestino comenzó a hablar sobre el futuro de su hijo, al parecer ya no estaba seguro de querer que siguiera los pasos de su padre. |
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| La muerte de Carmelo, declarada accidente por la policía, después de cuatro días aún seguía dando vueltas en la cabeza de ambos hombres, los dos tuvieron que contestar algunas preguntas a los investigadores, asistir al entierro y consolar a la familia, ahora finalmente se sentían libres de desahogar su dolor y preocupaciones juntos. Celestino estaba consciente de que en una acerera son comunes los accidentes, pagan poco y el trabajo es arduo, por eso, ya no estaba seguro que ese era el futuro que quería para su hijo, ya no incluso para sí mismo; después de varios años trabajar en la planta, y la muerte tan de cerca, la vida comenzaba a parecer terminada. Afortunadamente para él, Tomás sentía lo mismo, las preocupaciones pesan menos cuando se comparten. De pronto, se dieron cuenta que la conversación era escuchada en todo el café, los ancianos los miraban con molestia y la mesera a lo lejos, se limitó a sonreír. |
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| El siguiente lunes, al salir de la planta, Tomás sugirió pasar de nuevo al café. El fin de semana había sido terrible; el sábado ya tradicional de carne asada familiar se canceló, la casa de Carmelo era la sede de la vieja tradición y pensaron que sería inapropiado para la esposa e hijos del difunto. Como una semana no es suficiente para sobreponerse a la muerte de un amigo, Celestino y Tomás regresaron a La soledad esa noche saliendo de la planta. |
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| Pareciera que los lunes por la noche no eran los favoritos de los ancianos, así que el local estaba ahora sí en plena soledad, los únicos presentes eran la encargada, quien era una señora más interesada en las novelas de la tele que en su propio negocio y la mesera, que al ver entrar a los amigos los saludó nuevamente con el “chicos”. Ordenaron el café y la mujer al traerlo de vuelta inesperadamente se unió a la mesa, dijo que no le gustaban las novelas, a los hombres les pareció curioso, pero ninguno supo qué decir. Ella rompió el silencio preguntándoles si les había gustado el café, ambos no tardaron en contestar que sí, la joven presumió ser la autora de la bebida y ellos la felicitaron. La mesera les contó algunas cosas de su vida y ellos preguntaban datos comunes, como la edad: 29, de dónde era: había nacido en la capital pero al tratar de ser independiente su madre la incomodaba y decidió huir al norte esperando un mejor futuro, pero el futuro terminó en mesera; para ella, su vida no había sido tan larga como para tornarse interesante. Dos horas después, Antonia, la mesera, ya conocía la historia de Carmelo, que Celestino y Tomás trabajaban en la planta acerera, que Celestino tenía esposa e hijo y Tomás esposa y dos hijas y que ambos tenían miedo de terminar como Carmelo cualquier día de estos. |
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| Algunos días después, las visitas a La soledad y tomar cafés nocturnos en compañía de Tomás y Antonia, se volvieron frecuentes, pero Celestino se negó a visitar esa noche el café, debido a que ya su esposa le había reclamado las llegadas tarde a casa; Tomás trató de convencerlo de que lo acompañara, pero su amigo fue firme en la decisión, a pesar de que quería tomar el café, pues ya se había acostumbrado. |
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| Tomás bebió café con Antonia, y Celestino tuvo problemas con su esposa. La situación seguía un poco tensa por la muerte de Carmelo, ella no entendía cómo se sentía Celestino, al menos eso él pensaba. |
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| Semanas después, los problemas de Celestino con su esposa no mejoraron, pero ya las visitas al café no causaban conflicto, Celestino las defendió como un remedio para evitar el mal humor que presentaba constantemente estando en casa. |
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| Tomás incrementó las visitas al café, también los fines de semana, supo que Antonia descansaba los domingos, pero aún así por las mañanas pasaba a comprar el café para llevar. A su esposa no parecía importarle mucho la situación. |
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| Una noche de nuevo en La soledad, los tres sentados en la mesa tomaban el café ya tradicional. Celestino inició la conversación quejándose de su esposa, se sentía incomprendido, pero parecía que ni él se comprendía, no sabía explicar lo que sentía, pero sabía que algo tenía que ver con Carmelo. Tomás que lo conocía muy bien, trató de adivinar qué era lo que le pasaba en uno de sus comunes psicoanálisis; llegó a la conclusión de que Celestino pasaba por una crisis existencial, que le hacía falta vivir nuevas experiencias, descubrir un nuevo mundo, como él lo había hecho con el café. Antonia, tratando de interpretar lo que Tomás decía, recordó los tiempos de su juventud en la ciudad, mencionó que muchos jóvenes antes de casarse y tener familia hacían muchas locuras. “¿Qué tipo de locuras?- cuestionó Celestino- pues emborracharse, drogas, prostitutas”. Nunca habían hecho esas cosas, Tomás, actualmente de 49 años, siempre fue fanático de los autos, fue mecánico pero era demasiado irresponsable, siempre lo ha sido, pero maduró al casarse y eso fue cuando apenas tenía veintiún años. Por otro lado, Celestino, actualmente de 53 años, siempre trabajó, se supo administrar y llegó a viajar a Texas y las Vegas por sus propios medios, esas sí habían sido locuras según él, pero nunca entró a ningún casino y ni siquiera montó un caballo; después de casarse a los veintitrés, jamás volvió a hacer nada aventurado. Antonia, entonces sugirió que hicieran algo más excitante que los viajes sosos, o la simple adicción al café y después de pensarlo por unos segundos, Tomás sugirió hacer lo de las prostitutas; el alcohol era algo que hacían con Carmelo y no querían deprimirse más y las drogas no tenían idea de cómo conseguirlas, pero las prostitutas sabían que bastaba con ir a la calle Morelos. Celestino, que de inmediato pensó en el dilema moral que eso implicaba, dijo no estar seguro, porque además cualquiera podría verlos y sus esposas se enterarían. Tomás en uno de sus momentos de lucidez moral descartó la idea en ese momento, pero Antonia con su pensamiento demasiado moderno para los hombres frente a ella surgió con una idea: “Desde niña siempre me gustaron las películas. Cuando me vine a vivir al norte fue con la idea de que de alguna forma me sentiría más cerca de Hollywood, mi sueño siempre ha sido conocerlo, estar cerca de ese mundo, y si tú Celestino has viajado a Estados Unidos, seguramente tú me podrías ayudar a encontrar la forma de viajar a Los Ángeles… a lo que quiero llegar, es que si ustedes quieren tener una noche de pasión, yo puedo ayudarles, después de todo, son los hombres más decentes que he conocido en esta ciudad… y a cambio, solo les pediría eso, que me ayuden a llegar a Los Ángeles.” |
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| Los dos hombres a pesar de su edad tenían una óptima condición física, su trabajo les ayudaba a mantener cuerpos si no atléticos, por lo menos estéticos, y era algo que Antonia apreciaba en sus amigos. Antonia, era una chica de caderas anchas pero esbelta, cabello largo y negro, no era una belleza natural, pero tenía momentos en los que el carisma, la inclinación de la cabeza y su voz se mezclaban para crear una atracción inexplicable por ambos hombres, agregado eso a su juventud y a una propuesta viable, los llevó a aceptarla. |
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| Acordaron hacerlo en dos noches diferentes, cada uno por separado, no hablar del tema después de haberlo hecho, no compararlos y que Antonia se reservara a sí misma el veredicto final, no mencionarlo a nadie más para proteger los matrimonios y la reputación y lo más importante, cumplir con el trato. |
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| Tomás fue primero, un martes se reunieron en la casa de Antonia y era necesaria la presencia de Celestino para fungir como coartada. En su vigilia, Celestino vio televisión mientras tomaba el café hecho por Antonia; más tarde, Tomás y Celestino salieron de la casa de Antonia para regresar a sus respectivas casas. El viernes fue el turno de Celestino, y se invirtieron los papeles con Tomás. |
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| Para Tomás no fue difícil asimilar la cruda moral; para Celestino, fue una fantasía, un hecho que nunca imaginó que le sucediera a él y que su conciencia no ayudaba a asimilar, pero que después de encontrarle otra perspectiva, logró disfrutar e incluso provocó una mayor cercanía a Tomás y a Antonia. Ahora los tres guardaban un secreto y las reuniones en el café eran una extensión de una aventura que emprendía con sus dos amigos, algo que lo hizo sentirse más identificado a ellos que a su propia esposa, hasta llegó a verse como su hijo, así como cuando se iba a “pistear” con sus amigos, se dio cuenta que había recuperado algo olvidado en su adolescencia, el plan había funcionado y Celestino estaba contento. |
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| Un domingo, a Tomás se le ocurrió organizar una asada familiar, como aquellas tardes en la casa de Carmelo, pero ahora al aire libre, incluso con la familia del difunto y además Antonia. Celestino y su esposa tuvieron algunos problemas, ya que para ella, el que su esposo tuviera una amiga más joven ya era suficiente motivo de celos; para calmar los descontentos de su mujer además de la incomodidad que toda la situación le generó, el hombre decidió irse temprano. |
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| La siguiente ocasión que organizaron la asada, dejó de ser familiar, solo asistieron los tres amigos. Esa tarde Celestino contó que para calmar los celos de su mujer le dijo que viera a Antonia como una amiga que había enviado Dios, para llenar el vacío que dejó la muerte de Carmelo; no logró calmar los celos de su esposa, pero sí le permitió tornar la situación aceptable para ella. Finalmente, Celestino y Antonia acordaron no volver a tener aquel tipo de tratos, lo que significaba también tranquilidad para él. |
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| Dos semanas después, Celestino logró contactar al conocido que le había ayudado a llegar a Texas, seguía en el negocio y ahora le pidió ayuda para llevar a Antonia a Los Ángeles. Pancho, que era el nombre del pollero, aceptó por una cantidad aceptable, “precio para los amigos” como dijo el hombre, era confiable y acompañaría a Antonia hasta el destino final, estaría con ella mientras estuviera allá por dos semanas y al regresar se verían en La soledad. Ya todo estaba listo y solo era cuestión de que Antonia decidiera cuándo irse. |
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| En los días posteriores, Tomás se volvió irritable, tuvo una pelea en el trabajo que no llegó a mayores, pero sí le costó una multa descontada de su sueldo y una cuota extra que le cobró el sindicato para cubrir los gastos médicos de una naríz rota. Celestino, que siempre lo apoyaba en cualquier problema que tuviera, le ayudó con una parte de la cuota extra. |
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| Esa noche, en la que le contaban a Antonia lo sucedido, Tomás se empezó a quejar por los recientes gastos, el viaje de Antonia, la multa, la cuota y otros pagos. Celestino le comentó que podría recortar algunos gastos innecesarios que su amigo hacía, como los cigarrillos que eventualmente le compraba a un compañero de la planta, las muñecas de madera que cada dos semanas le compraba a las hijas, o tal vez incluso el café de quince pesos que diario pagaban en sus visitas a La soledad, a veces tomaba dos. Con los comentarios de su amigo, Tomás enfureció, le gritó a Celestino diciendo que estaba evitando que fueran juntos a La soledad, que quería quedarse con Antonia, lo cuál no negó; Antonia quiso detener una riña mayor y trató de calmar a Tomás, le dijo que ella podría cubrir los gastos de sus cafés, por lo que no se tenía que preocupar de dejar de ir a La soledad (realmente Antonia no pensaba “cubrir” los gastos, solo no le cobraría el consumo a Tomás y la encargada no se daría cuenta y si lo notaba, sería cuando Antonia estuviera en sus vacaciones que ya había decidido tomarlas la próxima semana, ya lo tenía todo preparado). Tomás al escuchar el plan de Antonia cambió su semblante, se tornó desesperado, le pidió a Antonia que no se fuera porque él ya era adicto a sus cafés y no podría dejar de tomarlos, que su bebida había traído la nueva luz en su vida y no quería que Antonia estuviera lejos, siguió hablando sin pensar hasta llegar al punto de pedirle matrimonio, dejaría a su esposa y estarían los dos juntos siempre. La chica sabía que era palabrería la que decía, estaba alterado y simplemente le contestó que no se preocupara, que ella pensaba regresar, y seguro durante las dos semanas de ausencia Tomás pensaría bien las cosas y optaría por no dejar a su familia, ellos eran amigos y nada más, no tenía por qué ponerse así, ella los quería a los dos y le gustaba su amistad y sobre todo, estaba muy agradecida por ayudarle a cumplir uno de sus sueños. Tomás no dijo más, hizo berrinche y se fue sin terminar su taza. Celestino y Antonia se quedaron sentados el resto de la hora sin decir palabra, al final, Celestino le dijo que le hablara antes de irse para despedirla, hasta entonces no se volverían a ver, por el bien de Tomás, ya que evidentemente sentía algo por ella y Celestino no quería generar más conflictos con su amigo, a Antonia le pareció sensato pero triste. |
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| Aquella mañana, Celestino fue hasta la casa de Antonia y ya estaba subiendo sus cosas a la camioneta de Pancho. Antonia lo saludó con un abrazo y llamándole “chico”, Celestino sonrió, dijo que Tomás no quiso ir, seguía en su berrinche. Antonia sonrió y pronosticó que ya se le pasaría y le mandó un abrazo. Celestino le pidió que se cuidara, que viera en Los Ángeles todo lo que tenía que ver y que él la estaría esperando a su regreso, se despidieron con un beso en la mejilla, aunque Celestino deseó besarla con mayor afecto, y Antonia subió a la camioneta. Celestino detuvo a Pancho, le dijo que la cuidara mucho, si algo le pasaba a Antonia se las vería con él y con Tomás, así que le convenía traerla bien de vuelta, Pancho le contestó que lo más peligroso era el paso de la frontera y Celestino ya había pasado por eso, Pancho tenía visa y Antonia se resguardaría debajo del asiento mientras pasaban la frontera, el resto sería rutinario. Celestino se quedó con la confianza de que todo saldría bien y al regreso se verían en La soledad. |
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| Las dos semanas pasaron, Celestino y Tomás se habían reconciliado e iban a tomar el café diario, que no era lo mismo, pues la encargada era quien lo preparaba y lo servía sin el toque servicial más la cara de tedio que la avejentaba más. |
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| Esa noche de domingo, Antonia llegaría y ambos estaban emocionados, Celestino le había comprado un regalo, una alisadora de cabello, le pareció que Antonia sería más atractiva con el cabello planchado. Tomás seguía en su plan de recorte de gastos por lo que le pareció que a Antonia tendría que bastarle con su presencia y su reconciliación. La espera se convirtió en horas y ya cuando la encargada los amenazó con llamar a la policía para que salieran del lugar, los dos amigos se fueron decepcionados, se dieron cuenta que era probable que hubieran tenido un contratiempo. Al día siguiente Celestino llamó a Pancho para ver si habían regresado, pero le dijeron que aún no regresaba, que era seguro que se hubiera retrasado en la carretera, así que tendrían que esperar. La espera se prolongó por dos semanas más, Celestino y Tomás continuaron sus visitas a La soledad durante los domingos con la esperanza del retorno de Antonia. Era evidente que la encargada ya se había cansado de esperar, había contratado a una anciana como mesera, seguramente la primera que se le cruzó en el camino con tal de no servir ella los cafés. |
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| Un domingo cualquiera, de pronto, Pancho entró a La soledad, pero venía solo. Los dos amigos se levantaron efusivamente a recibir a Pancho, ambos preguntaron por Antonia, pero Pancho les pidió que mejor se sentaran. El semblante de Pancho era de una incómoda tristeza y un poco de miedo, pero tenía que hablar, Tomás lo estimuló y entonces habló: “ella murió… al parecer estaba enferma, se puso muy mal estando ya en Los Ángeles, la llevé a un médico que atendía latinos, no era lo mejor, pero era lo que había, ella ya sabía que moriría, porque mencionó una enfermedad que ya tenía, Lupo o algo así, el doctor dijo que ya no se podía hacer más porque nunca se atendió a tiempo, por lo menos para controlarla… ella me dijo que ustedes le alegraron los últimos meses y estaba agradecida por ello, nunca quiso decirlo porque no quería deprimirlos más…”. Tomás incrédulo se tornó violento y golpeó a Pancho, diciendo que ellos no se iban a creer esa basura, Celestino lo calmó, le preguntó a Pancho si era la verdad, el pollero dijo que no había manera de mentir sobre eso. Celestino preguntó por el cuerpo de Antonia, la respuesta fue que por la situación no se podía hacer nada, sin documentos y sin familia, se había tenido que quedar en Los Ángeles, el pollero pidió su dinero y se le pagó, a pesar de la negativa de Tomás; al final lo dejaron ir.
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| Los dos amigos tristes se retiraron de La soledad, caminaron por la calle que daba el hermoso panorama de las luces de la ciudad industrial, aparentemente entretenidos por las sombras que las luces urbanas proyectaban sobre la tierra, hasta que Celestino se detuvo, dándole una explicación hipotética a la historia de Pancho, dijo: “Creo que Antonia se simpatizó con nosotros por el desencanto de la vida, trató de alegrarnos, y a la vez, nosotros la alegramos… si no, pues por lo menos le ayudamos a cumplir su sueño.” Tomás aún incrédulo simplemente no sabía qué pensar. |